El apego

El apego no depende de dar teta (ni de colechar, ni de portear, etc…).
Se puede tener un vínculo de apego muy saludable sin que se realicen estás prácticas de crianza, siempre que los cuidadores primarios respondan sensiblemente a las necesidades de sus hijos e hijas. Hay herramientas que fisiología nos da, pero no son las únicas ni garantizan por si mismas un apego saludable.
El apego existe siempre, es una necesidad de la cría buscar alguien que le brinde protección y seguridad.
Claro que hay etapas en que los bebés sobretodo necesitan mucho contacto físico, pero a no confundir: apego no es estar “pegados”.
El apego seguro también requiere de distancias “óptimas”, esas que permiten la exploración y autonomía.
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El apego no depende unilateralmente del tipo de nacimiento, ni de la forma de alimentación, ni de cuánto dura la lactancia…
En la construcción del apego inciden múltiples variables, como en todo vínculo. Es fundamental para los bebés, niños y niñas (y todas las personas) sentirse bienvenidos, reconocidos como un otro con deseos y necesidades propias, valorados en su diferencia y amados. Todo eso puede ofrendarse de muchos modos, en el día a día de la relación. Implica, sobretodo, tiempo e intención consciente de cuidado respetuoso y oportuno.
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El apego se establece al comienzo con el cuidador/los cuidadores principales (1 o 2 personas) y a medida que crecen van pudiendo establecerlo con más del núcleo íntimo y cotidiano. El apego puede ser distinto con mamá que con papá por ejemplo. No significa que uno sea mejor que otro.
Ser figura de apego implica poder interpretar qué necesita esa personita y encontrar la mejor manera posible de ofrecerlo. Si, también a veces implica equivocarnos, porque el apego seguro también admite fallas. No solo es importante lo que pasa una vez, sino aquello que se repite día a día y va dejando huella.
Los vínculos se construyen y son dinámicos, se puede aprender, revisar, trabajar en terapia e intentar reparar. Nunca es demasiado tarde para intentarlo.
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¿Qué mitos conoces sobre el apego?
*Obviamente del apego (y sus varios estilos) hay mucho más para decir, pero no entraría en este post.

Lic. Carolina Mora

Mail lic.carolinamora@gmail.com

Revisar la propia historia

Cuando la mujer se convierte en madre, generalmente su propia madre (o quien ocupe ese lugar) pasa a ser el referente materno más cercano. Durante el embarazo y también en el puerperio  surge en muchas mujeres la necesidad de ser nuevamente maternadas, sostenidas, mimadas y acompañadas por sus propias madres.

En los varones también se da una revisión de la propia historia de crianza, de las figuras maternas y paternas, en busca de referentes.
Este momento suele ser una oportunidad para re configurar los vínculos, sanar conflictos y re encontrarse en los vínculos con la familia de origen. Otras veces cuando los conflictos se reavivan con mucha intensidad  suele ser complicado lidiar con ellos.

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.Tanto en la persona gestante como en su pareja es  frecuente que durante este tiempo se vuelva a jugar la propia historia como hijx: ¿cómo fue mi crianza? ¿qué me gustaría repetir y qué “jamás” haría con mi hijx? Se pone en juego de forma identificatoria qué aspectos tomaría de mi propia madre/padre y en cuáles no queremos vernos reflejados.
Este proceso puede generar mucha angustia, ansiedad y necesidad de poner en palabras estos pensamientos.
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En este proceso muchas veces nos damos cuenta que en nuestra infancia no recibimos la contención, la validación o el afecto que necesitábamos. Es como si al mirar a nuestro bebé o hijx nos re encontrará con nuestra propia infancia,  reactualizando el duelo por aquello que no tuvimos o nos dolió. Estos duelos cobran fuerza nuevamente y nos interpelan emocionalmente.
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Dejarse conmover sin miedo por estas emociones, recordar  y poner en palabras el dolor es difícil y a la vez necesario.  Es importante poder elaborar esto que sucede sin esconderlo e incluso poder contar con un espacio terapéutico o abrir el diálogo con nuestra familia. Enojarnos, ponernos tristes  para luego aceptar, poder entender que nuestros ma/padres (o quiénes nos criaron) hicieron lo mejor que pudieron, con sus recursos, con sus propias historias de crianza, con la información que contaban en ese momento nos permitirá ir sanando en este proceso.
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Lic. Carolina Mora

Mail lic.carolinamora@gmail.com
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¿Esta mal decir muy bien?

“¿Esta bien si felicito a mi hijo?”
“Leí que no conviene decir muy bien a los niños”
“Me preocupa estar haciendo lo correcto”
“¿Hago bien si…?”
Últimamente mi consultorio se está llenando de preguntas y frases de este estilo.
Familias, en su mayoría mamás, preocupadas por qué decir y que no decirles a sus hijos e hijas.
Personas que buscan información en las redes sociales, que leen determinadas teorías acerca de cómo debemos actuar quiénes criamos. Teorías que incluso pretenden “guionar” los intercambios comunicacionales entre ma/padres e hijos.
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Me parece preocupante la generalización de ciertas fórmulas. Obviamente dejando de lado la palabra que hiere y el maltrato ¿Tenemos autoridad para juzgar qué debe decir y que no una madre o un padre? Suponiendo que la tenemos ¿Estás fórmulas son generalizables? Sin conocer en profundidad el vínculo de esa familia ¿Aplicarían de igual forma?
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¿Dónde queda la espontaneidad en los vínculos? Creo en la potencialidad que trae cada niñe y en qué la confianza se crea en cada interacción con sus cuidadores principales.
Si es con amor, si es con mirada, si es con reflexión y con atención pienso que se puede celebrar todo aquello que nos cause genuina alegría de nuestros pequeños.
Se puede decir “¡Muy bien! ¡Me pone contenta que disfrutes esto! ¿Te gustó hacerlo?” Y todas sus variantes, las que cada familia construye. ¿Acaso no creen que todo ser necesita saberse reconocido y valorado?
Desde ya que sin automatismo, sin decirlo por decir, prestando realmente atención a lo que nos muestran o lo que les ocurre.
Disfrutemos de criar mirando a nuestros hijxs, no nos llenemos de exigencias ni de fórmulas ni mandatos.
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Ustedes ¿Celebran los logros de sus pequeños?

Lic. Carolina Mora

Mail lic.carolinamora@gmail.com

Si no me ve, llora

Tu bebé no sabe que estás en el otro cuarto.
Para el la separación de vos lo pone en verdadero riesgo, nuestros antepasados no sobrevivían lejos del cuerpo de sus madres. Estar lejos significaba la posibilidad de ser devorados por depredadores o morir de hambre.
Tu bebé no llora de mañoso, tu bebé te llama.
No tiene forma de saber que estás del otro lado de la puerta.
La única forma de saberte cerca es oír tu voz, sentir tu piel, olerte.
Tu bebé no llora de mañoso.
Y si, es agotador.
Y si, tenés derecho de ir al baño.
Y si, unos segundos de llanto no van a traumarlo.
Intenta comprenderle, y cuando te alejes, envolverlo con tu voz.
Y cuando te reencuentre, abrázale fuerte, contale que estabas igual cuidandolo y que lo dejaste en un lugar seguro.
Ya llegará el tiempo que entienda, que si te vas, volves. Que si te vas de su vista, no desapareces.
Y ahí irá el a seguirte por la casa y no podrás ir sola ni al baño
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Lic. Carolina Mora

Mail lic.carolinamora@gmail.com

El papel de lo transicional

Hoy me gustaría retomar un autor maravilloso, aunque muchas veces no se ha apreciado su valor fundamental y sus aportes que nos ayudan a comprender la infancia y la adolescencia: D. Winnicott.

Pediatra, psicólogo y psicoanalista inglés, sus obras se centran en el desarrollo del individuo saludable. Para Winnicott el desarrollo del individuo depende no sólo de las capacidades innatas dadas por la biología, sino que en gran medida el ambiente tiene una influencia fundamental.

Cuando hablamos de ambiente nos referimos a las condiciones en las que se desarrolla el niño, pero refiere principalmente a las relaciones que establece con los principales cuidadores. En sus desarrollos teóricos, Winnicott da especial relevancia a la figura materna en un primer momento, considerando que es necesario para la evolución saludable de la personalidad de los cuidados de una madre (o quien cumpla su función) suficientemente buena.

¿A qué refiere el término bondad? No está pensando justamente en un juicio de valor, sino más bien en la capacidad que tiene la madre de decodificar las necesidades del niño, de comprenderlas y de responder a ellas de forma ajustada. Cuando nacemos, llegamos a este mundo completamente indefensos y para sobrevivir se produce un estado de fusión emocional con nuestra madre o figura de apego. Esta fusión significa que el bebé no distingue entre su cuerpo y el pecho.

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Durante mucho tiempo nuestra única herramienta para comunicar aquello que nos molesta es el llanto. Dolor, necesidad de contacto, sueño se expresan a través del llanto. Es el papel de la función materna poder decodificar este llanto, y responder a él para calmar las necesidades del bebé. A través de la empatía puede interpretar las necesidades del niño y responder a ellas, dejando muchas veces de lado sus propios deseos.

Claro que la respuesta nunca es perfecta, porque como bien dice Winnicott, no somos robots. A veces la madre tarda más de lo que el bebé esperaba, otras primero piensa que el llanto se debe a un dolor de panza y le hace masajes para ayudarlo pero es en realidad que el bebé tenía ganas de ser cargado y de contacto. Pero finalmente, en un tiempo más o menos a tono con las necesidades niño, la madre logra responder a ellas y de esta manera se restablece la calma interna.

Esta capacidad materna de ajustarse a las necesidades del bebé y acompañarlas, brindando sostén y continuidad en los cuidados es lo que sienta las bases de lo que Bowly llamó apego seguro. A través de esta seguridad que brinda el entorno, el bebé va construyendo la seguridad interna, al saber que sus necesidades tienen respuesta.

Es por esto que la madre es suficientemente buena, pero imperfecta. Un ambiente facilitador es el que permite el desarrollo saludable del individuo, brindando continuidad de cuidados y apego seguro, pero también es imperfecto. La madre ilusiona al niño, cuando se acomoda a sus necesidades casi a la perfección y a la vez lo desilusiona, cuando tarda más o lo hace de manera desajustada. En este camino, estas desilusiones llevarán al bebé a refugiarse en una zona intermedia, en la que tendrán lugar los fenómenos y objetos transicionales. Winnnicott les llama así porque representan el pecho, la figura materna que está ausente y ayudan a restablecer momentáneamente la calma. Un ejemplo de los objetos transicionales se ve cuando frecuentemente los bebés toman un osito o mantita como su favorito, y comienzan a llevarlo a todas partes. No dejan que nadie se los quite, incluso no dejan lavarlos. Ese objeto es tan importante para ellos porque representa a la figura de apego, es un sustituto. A su vez abre la puerta a la experiencia del juego y el fantaseo, un lugar donde se exprese nuestra espontaneidad. Esa zona intermedia nos acompaña a lo largo de nuestras vidas, como nuestro refugio. En los niños lo vemos especialmente en el juego, pero en los adolescentes y adultos podemos encontrarla en el arte, la experiencia creativa, el deporte y también el fantasía.

Para que se desarrolle la personalidad sana necesitamos que el ambiente facilitador posibilite y proteja estas experiencias desde nuestra infancia y también en la adolescencia. Los adolescentes necesitan experimentar espontáneamente, jugar con sus cuerpos, probar distintos disfraces (hoy se visten como emo, mañana como hippies, etc), expresar su creatividad a través del arte, la música. Muchas veces el adulto en su intención de ayudar a crecer “a madurar” a los adolescentes no permite estas expresiones, las sanciona, las castiga o estigmatiza. Empuja al adolescente a ser responsable, a ser independiente, pero lo cierto es que nunca ni siquiera los adultos somos independientes de forma absoluta. Winnicott nos advierte sobre el peligro que conlleva esta actitud del adulto, y es generar que el adolescente construya un “falso self”. ¿Qué significa? Que adopte una personalidad “como si”, superficialmente engañe a los demás y se sobre adapte a las demandas de los otros, pero estará lejos de la experiencia creativa, espontánea y de afirmar su personalidad genuina.

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Crecer constituye ante todo un acto agresivo, poner toda la potencia del sujeto en afirmarse y hacerse adultos, por eso la fantasía en la adolescencia es de asesinato al padre, porque crecer significa ocupar su lugar. La muerte y el triunfo personal aparecen como algo intrínseco al proceso de maduración. Esta es una fantasía inconciente, algo que no se puede expresar más que deformado y enmascarado, y generalmente se expresa como rebeldía. “La rebeldía tiene que ver con la libertad que se les da a los hijos de existir con derecho propio”.

Es importante que los adolescentes cuenten con adultos a los que puedan usar para manifestar su rebeldía, donde encuentren figuras a las cuales oponerse pero que a su vez sean un lugar de protección al permitir esas experiencias sin obligar a madurar demasiado pronto. Para Winnicott la inmadurez es un elemento esencial de la salud en la adolescencia: implica potencial creativo y espontaneidad. “La sociedad necesita ser sacudida por las aspiraciones de quienes no tienen responsabilidades, si los adultos abdican, el adolescente se convierte en adulto de forma prematura, a través de un proceso falso”

La condición es que los adultos no abdiquen, no transfieran la responsabilidad al adolescente ni lo obliguen a madurar demasiado pronto. Lo único que pueden hacer los adultos es sobrevivir a los ataques. Lo importante es que el desafío de los adolescentes encuentre oposición, esto le da sentido a la lucha por “ocupar el lugar del rey” y a la vez implica un lugar de garantía al cual retornar como protección. “Oponerse sin represalias, sin espíritu de venganza, pero con fuerza.”

La adolescencia implica crecimiento, y éste requiere mucho tiempo. Y mientras tiene lugar el crecimiento, la responsabilidad debe ser asumida por las figuras paternas.

*D. Winnicott, La inmadurez adolescente, en “El Hogar nuestro punto de partida”., (1994), Ed.. Paidós

Lic. Carolina Mora

Psicóloga

Consultas: lic.carolinamora@gmail.com