El nacimiento de Julián

Era la madrugada del 16/10, mi amigo se había ido y dormí a Cata. Había entrado en la semana 37 el día anterior. Cuando me acuesto en mi cama, siento un suave “plop”. Enseguida pensé: la bolsa. Voy al baño, veo un leve líquido transparente caer y me pongo una toallita. A la media hora empiezan algunas contracciones. Despierto a mi pareja, llamamos a Belén que nos iba a acompañar en casa. Noto que las contracciones son más fuertes de entrada, en comparación con mi otro parto. A eso de la 1 llega Belu, me revisa y me dice que tengo unos 4 cm, que faltaba. Todo el tiempo en casa lo pasé en la pelota, con música tranquila, aromas cuidados y masajes de mi cuñada. Mientras Matías se lleva a Cata a lo de los abuelos. Yo tengo la sensación de que el nacimiento no se demoraba mucho.
Las contracciones se hacen cada vez más intensas. Yo trataba de pasarlas en la pelota, en cuclillas y caminando. Vocalizaba mucho.
Cuando llega Mati de llevar a mi nena, siento que tengo que irme de la casa. Quiero ya estar en el lugar donde se va a producir el parto. Sentía que no faltaba mucho. Mi cuñada me ofrece revisarme de nuevo, pero siento que no quiero, ya que seguramente en la maternidad me harían otro tacto. Prefería los menos tactos posibles.Salimos en auto, yo muerta de frío, con cada contracción sentía que tiritaba. El viaje en auto fue lo más incomodo del mundo. No encontraba posición, abría la ventana para sentir el aire en la cara y sentir algo más que el dolor de las contracciones y la incomodidad de estar quieta. Esos 30 minutos fueron eternos.
Al llegar el tiempo que esperé que me atendieran en la guardia se me hizo eterno, aunque sé que no fue más que 10/15 minutos, lo pasé caminando envuelta en una frazada de mi nena. Yo sentía una necesidad enorme de entrar a la sala de partos. Pero no. Al entrar por guardia, las parteras de ese día primero me revisaron y no creían que había roto bolsa. Me preguntaron varias veces si había perdido líquido, al mostrarles la toallita me decían que como era perfumada no podían darse cuenta. A partir de ese momento supe que mi experiencia no iba a ser la que esperaba. Me sentí cuestionada e infantilizada. Recién cuando Belu les explico que estaba recibiéndose de partera, que conocía personal de la institución y que ella había visto el líquido, entonces me creyeron.
La partera me dijo “te vamos a internar para pasarte el antibiótico, pero mira que te pueden faltar 10hs”, una copada. Según ella, seguía con 5 de dilatación y mis contracciones eran cortas. Yo sabía muy claro que no faltaba nada para el expulsivo, el dolor era inmenso y las contracciones más seguidas y largas.
En ese tiempo me dejaron en la guardia pasándome el suero, con las luces altas, dejaron entrar a mi pareja y a Belu y mientras me preguntaron mil cosas, se pusieron a ver las ecografias. Comentaban que mi bebé sería pequeño. Yo sabía que Juli sería peque porque mi pancita de 37 semanas justas lo delataba, al igual que su hermana que con 40 semanas apenas llegó a 2950. En ese tiempo pensaba todo esto, como flashes, y por momentos viajaba al planeta parto. Estuve caminando todo el tiempo, me colgaba de los hombros de mi pareja. El relata siempre la anécdota de que me quería hacer masajes y yo le di un sopapo porque no lo toleraba. El contexto de luces altas, estimulación del neo cortex con preguntas y la mirada poco amorosa de las parteras no ayudaba nada. Cuando me agote, me recosté del lado izquierdo un rato y ahí empezó la sensación de pujo. Hago un par de pujos en la camilla que me alivian un motón y les digo que quiero pujar, les vuelvo a pedir ir a la sala de UTPR, les digo que quiero la pelota.
Entonces acceden y se da a partir de ahí un cambio en la actitud de las parteras. Creo que se dan cuenta que viene en serio la cosa. Me hablan de forma más amorosa y me dejan elegir si quiero pasar con mi pareja y mi cuñada. Entramos todes a la sala, al ver esa penumbra ya me siento entregada. Yo estaba como ida del dolor, sabía que ya faltaba poco pero no imaginaba que tan poco. Apenas abro las piernas, ven la cabecita de Juli y me dicen “no hay tiempo para pelota, nace ya”. Entonces acomodan la camilla para que quede vertical, me sugieren agarrar los estribos. Yo les pido ver el expulsivo con un espejo, me traen uno rápido. No me imagine la impresión que me iba a causar verme, ver mi vulva hinchada y la cabecita de mi bebé, tal como había visto en otras mujeres en el hospital y los documentales. Esa era yo ahora. Siento el aro de fuego como nunca, en mi otro parto no había tenido la sensación. Ahí es cuando me detengo, tengo miedo de desgarrarme, dejo de pujar o lo hago más suave. Entones las parteras me empiezan a guiar, me ayudan a pujar suave y respirar, para no lastimarme. En ese momento su guía fue clave. Me alientan, falta muy poco, ya sale la cabecita. Entonces me avisan que esta “detenido” el resto del cuerpito, ellas creen que el cordón está atravesado, intentan aflojar el nudo pero no lo logran y me piden permiso para cortarlo. Apenas lo cortan, sale despedido el cuerpito diminuto de Juli y sus 2550kg. Apenas salido, me lo ponen en el pecho y estamos juntos disfrutándonos unos 25/30 minutos mientras esperan que expulse la placenta sin intervenir. Nos ofrecen guardarla y nos la traemos a casa (hoy es un jazmín).
A todo esto el neonatologo estaba en la puerta de la sala, más lejos, solo observando. Las parteras me miran y no hay más que un mínimo desgarro superficial. Me consultan si prefiero un punto o que se cure solo, obviamente elegí lo segundo. En mi primer parto me dolió mas los puntos del desgarro que las contracciones.
Julián era minúsculo, pero sumamente sanito. Juli zafo de la neo de rutina, que por protocolo es a bebés menores de 2500kg. Se prendió desde el principio, aunque se dormía mucho debido a su inmadurez y había que despertarlo seguido. Las puericultoras pasaron todos los días y nos transmitían mucha confianza. Esos días los pase con bastante preocupación por el aumento de peso, pero Juli se fue solo con 100 gramos menos.
Mucho tiempo le di vueltas al parto, pensando si había hecho la mejor elección, qué podía haber cambiado, que decisiones tomaría ahora, etc. Me costó elaborar la experiencia de este parto, en parte por la enorme expectativa, en parte porque creo que es mi último hijo, en parte por el recorrido profesional… Un poco de todo.
Hoy, un año y medio después, creo que puedo encontrarme con las luces y sombras de esta experiencia, con todos sus colores y puedo apreciarla como fue.
Nada más y nada menos, que el transmundeo de Julián y mi nacimiento como mamá de dos.

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